Vol. 13/ Núm. 3 2026 pág. 3380
https://doi.org/10.69639/arandu.v13i3.2624

Asistencia sanitaria intercultural en políticas Públicas, un
análisis estratégico para su implementación

Intercultural healthcare in public policy
, a strategic analysis for its implementation
Tania Cruz Gavilanes

tmcruzg@ucacue.edu.ec

https://orcid.org/0000-0001-6126-4868

Universidad Católica de Cuenca

Ecuador – Cuenca

Nube Cruz Gavilánez

de.cruz@unach.edu.ec

https://orcid.org/0000-0002-8844-9958

Universidad Nacional de Chimborazo

Ecuador – Cañar

Dana Quintana Cruz

Dana.quintana.47@ucacue.edu.ec

https://orcid.org/0000-0001-6728-9361

Universidad Católica de Cuenca

Ecuador – Cuenca

Mayra Cruz
Gavilánez
mayra.cruz@saludzona6.gob.ec

https://orcid.org/0000
-0003-2817-6609
Hospital Homero Castañer Crespo

Azogues Ecuador

Anthony Muñoz Cruz

https://orcid.org/0000-0001-8082-5309

Universidad Católica de Cuenca

Ecuador – Azogues

Artículo recibido: 10 agosto 2026- Aceptado para publicación:16 septiembre 2026

Conflictos de intereses: Ninguno que declarar.

RESUMEN

El estudio evalúa la inclusión de la salud intercultural en las políticas públicas, partiendo de un
análisis comparativo de vivencias en países como Brasil, Ecuador, Kenia, Perú, México y Nueva
Zelanda. se demostró que el integrar prácticas hospitalarias tradicionales en los servicios de salud
pública instituye un proceso heterogéneo, manifestado por retos como la desconfianza entre los
servicios de salud tradicional y convencional, el rechazo institucional y la escasez de recursos.
No obstante, se muestra que la ejecución de las políticas interculturales puede forjar progresos
significativos en la disminución de brechas de distinción en la salud, fundamentalmente en
pueblos indígenas y rurales. Igualmente, se determina que la participación activa y sostenida de
los pueblos responde no solo a un principio ético, sino que es esencial para la eficacia de estas
políticas. La documentación evaluada muestra la autenticación y la distinción de los saberes
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tradicionales fortaleciendo la confianza comunitaria y ayudando a mejorar los indicadores de
salud, robusteciendo modelos de atención más inclusivos y culturalmente pertinentes.

Palabras clave: Salud intercultural, políticas públicas, medicina tradicional, inclusión
cultural, competencias interculturales

ABSTRACT

The study evaluates the inclusion of intercultural health in public policies, based on a comparative

analysis of experiences in countries such as Brazil, Ecuador, Kenya, Peru, Mexico, and New

Zealand. It was demonstrated that integrating traditional hospit
al practices into public health
services establishes a heterogeneous process, manifested by challenges such as mistrust between

traditional and conventional health services, institutional rejection, and scarcity of resources.

However, it shows that the imp
lementation of intercultural policies can lead to significant
progress in reducing health disparities, particularly among indigenous and rural populations. It

also determines that the active and sustained participation of communities is not only an ethical

principle but also essential for the effectiveness of these policies. The documentation evaluated

shows the authentication and distinction of traditional knowledge, strengthening community trust

and helping to improve health indicators, thereby reinforcin
g more inclusive and culturally
relevant models of care.

Keywords
: Intercultural Health, health policies, cultural inclusion, public health systems,
intercultural competencies

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licencia Creative Commons Atribution 4.0 International.
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INTRODUCCIÓN

La salud intercultural se define como un enfoque integral que articula diversos sistemas
de conocimiento y prácticas sanitarias, reconociendo y respetando la diversidad cultural presente
en las comunidades. Esta revisión fomenta la conexión de praxis médicas ancestrales con la
medicina ortodoxa, ayudando al entendimiento recíproco y el respeto entre distintos modelos de
asistencia sanitaria. El contexto mundial, se ha caracterizado por un aumento de pluralidad
cultural y desplazamiento poblacional, la medicina ancestral se fortalece como un componente
estratégico para el desarrollo de políticas públicas sanitarias equitativas, inclusivas y
culturalmente pertinentes (Montenegro & Stephens, 2011).

En distintos países la implementación de políticas de salud intercultural confronta
desafíos operativos y estructurales notables, los mismos que recalcan la firmeza institucional, la
falta de recursos económicos y humanos, asimismo como la constancia de enfoques biomédicos
hegemónicos que problematizan la unificación de saberes tradicionales. Si embargo, la inserción
de la salud intercultural en las políticas públicas se convierte en priorización mejorar la calidad y
atención sanitaria, además de mitigar brechas en la salud que perturban de manera excesiva a
poblaciones indígenas, rurales y culturalmente diversas. En concordancia con la OMS la atención
sanitaria intercultural constituye un instrumento crucial para tocar factores sociales de la salud y
optimizar los resultados sanitarios en contextos multiculturales (WHO O., 2015).

Desde la perspectiva de sostenibilidad, los enfoques interculturales se han incorporado
para responde a principios de justicia social, además de contribuir a mejorar la adhesión a los
tratamientos y favorecer una aceptación más desarrollada de los servicios sanitarios por parte de
las comunidades. Diversos estudios han mostrado que el desarrollo de competencias
interculturales en los sistemas sanitarios fortalece de manera significativa el vínculo entre médico
y paciente, y ese fortalecimiento no es un detalle menor, porque muchas veces de esa relación
depende que una persona confíe, regrese y continúe su tratamiento. De verdad es que cuando el
paciente se siente escuchado, comprendido y tratado con respeto hacia su historia y su cultura, la
atención cambia por completo. Además, las intervenciones tienden a ser más efectivas y se
reducen los costos asociados a atenciones tardías, incompletas o poco adecuadas, esas que llegan
cuando el problema ya creció más de la cuenta o cuando el sistema no supo responder a tiempo
(Cunningham, 2014) (Melero, 2017) (Cortés, 2016).

En Latinoamérica, varios países han impulsado políticas orientadas a integrar la medicina
tradicional indígena dentro de sus sistemas de salud pública, y ese proceso ha abierto caminos
que hace algunos años parecían difíciles de imaginar. Las experiencias de Bolivia, Perú y México
muestran avances importantes en el reconocimiento normativo y operativo de prácticas médicas
ancestrales, así como en la participación de las comunidades en la planificación y en la oferta de
asistencia médica (López, 2009) (Romero et al., 2022) (Giovanella, 2015). Y es que no se trata
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solo de permitir ciertas prácticas, sino de reconocer que existen otras formas de entender el
cuerpo, el cuidado y la enfermedad. Estas iniciativas no solo han ampliado el acceso a la atención
sanitaria, sino que también han fortalecido la pertinencia cultural de los servicios y el
empoderamiento de los pueblos indígenas, algo profundamente valioso en contextos marcados
por largas historias de exclusión.

El análisis de las políticas de salud intercultural requiere una mirada amplia, sensible y
verdaderamente multidimensional, capaz de considerar factores históricos, socioeconómicos,
políticos y culturales que muchas veces se entrelazan de forma compleja. Evaluar estas políticas
implica mirar no solo cómo fueron diseñadas en el plano normativo, sino también cómo se
implementan en la práctica y qué efectos generan en la salud de las poblaciones a las que buscan
responder. Un ejemplo especialmente relevante es el Programa de Salud Indígena en Brasil,
reconocido por su enfoque participativo y por la incorporación activa de los pueblos indígenas en
la planificación y ejecución de los servicios médicos (Langdon E. J., 2010) (Langdon E., 2018).
Sin embargo, aun con sus avances, este programa sigue enfrentando limitaciones ligadas a la falta
de recursos económicos y a la insuficiencia de personal capacitado en enfoques interculturales, lo
que recuerda que una buena intención sin respaldo suficiente puede quedarse a medio camino.

Para que las políticas de salud intercultural puedan aplicarse de forma efectiva, resulta
indispensable promover estrategias de articulación entre múltiples actores, desde instituciones
gubernamentales y organizaciones no gubernamentales hasta comunidades locales y
profesionales de la salud. Además, esa articulación necesita ser real y sostenida, no solo una idea
bien escrita en un documento. Entre las estrategias más relevantes se encuentran la formación
continua en competencias interculturales, el fortalecimiento de la infraestructura sanitaria en las
comunidades y la promoción de investigaciones orientadas al estudio y la validación de prácticas
médicas tradicionales (Kirmayer L. J., 2012) (Saavedra, 2024) (López I. D., 2023). De verdad es
que, sin ese trabajo conjunto, cada esfuerzo corre el riesgo de avanzar por separado, como piezas
valiosas que nunca terminan de encajar del todo.

Asimismo, el reconocimiento y la valoración de los saberes tradicionales constituyen un
eje central en el desarrollo de políticas interculturales, porque allí no solo está en juego la
incorporación de costumbres ancestrales en los sistemas médicos, sino también una forma distinta
de comprender el diálogo entre conocimientos. En el fondo, esto supone abrir espacios
interculturales donde distintos sistemas de saber puedan encontrarse, escucharse y aprender unos
de otros sin imponerse mutuamente. Y es que cuando ese intercambio ocurre con respeto, la salud
deja de entenderse como un campo cerrado y se convierte en una construcción compartida, más
humana, más cercana y mucho más conectada con la vida real de las comunidades (Torri, 2009;
Alvarez, 2014; Grippaldi, 2020).

Pese a los avances, persisten desafíos vinculados con la fragmentación de los sistemas
médicos, la insuficiencia de instrumentos y las resistencias culturales e institucionales. No
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obstante, se ha señalado que estos retos pueden orientar innovaciones de política pública en
dirección a modelos más inclusivos y sostenibles, sustentados en evidencia y en gobernanza
colaborativa (Chacon et al., 2023; Andermann, 2016). En este marco, el intercambio internacional
de experiencias constituye una fuente de aprendizaje para el rediseño y fortalecimiento de
políticas interculturales (Smith, 2013).

En el plano comunitario, se reporta que la salud intercultural puede impactar resultados
específicos, por ejemplo, en la salud materno-infantil cuando se integran parteras tradicionales en
la atención, especialmente en poblaciones indígenas donde existen barreras lingüísticas,
geográficas y de confianza hacia el sistema formal (Montalvo A. I., 2022) (Nigenda G. e., 2010).
Asimismo, se ha descrito que el reconocimiento explícito del conocimiento tradicional y la
reducción de barreras comunicacionales favorecen la apropiación de los servicios y fortalecen la
relación terapéutica (Fernandez, 2023) (Galletti, 2024).

En contextos africanos, políticas que reconocen y regulan la medicina tradicional han
buscado formalizar su práctica y propiciar colaboración con el sistema convencional, con reportes
que subrayan su relevancia para ampliar acceso en zonas rurales y remotas (Vega, 2024) (Peltzer,
2008).

La evaluación y el monitoreo de políticas de salud intercultural requieren indicadores que
midan no solo resultados biomédicos, sino también niveles de integración, aceptación y seguridad
cultural, incorporando mecanismos participativos que fortalezcan legitimidad y utilidad de los
hallazgos (Saavedra, 2024 (Casallas, 2024) (Escobar, 2011). En esta perspectiva, metodologías
cualitativas y participativas permiten comprender la implementación “en terreno”, capturando
dimensiones que suelen quedar fuera de evaluaciones exclusivamente cuantitativas. Entre los
enfoques más utilizados destacan la etnografía, que permite comprender con mayor profundidad
el contexto en el que surgen las prácticas y los significados culturales, las entrevistas en
profundidad, valiosas por su flexibilidad para recuperar vivencias, matices y percepciones que
muchas veces no aparecen en instrumentos más rígidos, y también los talleres comunitarios, que
funcionan como espacios vivos de diálogo, deliberación y construcción compartida. En estos
últimos, además, suelen desarrollarse dinámicas de diagnóstico y priorización que acercan la
investigación a las preocupaciones reales de la gente, casi como cuando una comunidad se sienta
a poner sobre la mesa aquello que le duele, le preocupa o considera urgente transformar. De
verdad es que la participación comunitaria en todas las fases de la evaluación, desde el diseño
hasta la interpretación de los resultados, se relaciona con una mejor calidad de la información,
con una mayor apropiación de los hallazgos y con vínculos de cooperación interinstitucional
mucho más sólidos y genuinos (Hammersley, 2007) (Rubin, 2012) (Cornwall & Jewkes, 1995)
(Pérez, 2020) (Robles et al., 2023) (Chambers, 1994).

La salud intercultural constituye un componente decisivo dentro de las políticas de salud
pública en un mundo atravesado por la diversidad, por los cruces culturales y por realidades
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sociales que ya no pueden pensarse desde una sola mirada. Integrar enfoques interculturales en
los sistemas de salud no solo mejora la eficacia de las intervenciones sanitarias, sino que también
fortalece la igualdad social y el respeto genuino por la pluralidad cultural, algo que resulta
especialmente significativo cuando se trabaja con pueblos y comunidades que durante mucho
tiempo no se sintieron escuchados dentro de los servicios formales. Y es que cuando la atención
reconoce la lengua, la cosmovisión y las prácticas de cuidado de cada colectivo, no solo atiende
enfermedades, sino que también reconstruye confianza. Aun con los desafíos existentes, la
evidencia acumulada y las experiencias exitosas de implementación ofrecen una ruta bastante
clara para avanzar hacia políticas de salud intercultural más inclusivas, sensibles y sostenibles.

En síntesis, la salud intercultural se ha ido consolidando como un componente estratégico de las
políticas sanitarias contemporáneas, ya que aporta a la equidad, a la pertinencia cultural y a una
atención de mayor calidad en sociedades marcadas por la diversidad. Su fortalecimiento no
depende únicamente de buenas intenciones ni de discursos normativos bien formulados, sino
también de capacidades institucionales reales, de evidencia rigurosa sobre las prácticas
tradicionales y, de manera especialmente importante, de la participación efectiva de los pueblos
en el diseño, la ejecución y la valoración de las intervenciones. Además, esa participación no
debería entenderse como un gesto simbólico o decorativo, sino como una condición esencial para
que las políticas tengan sentido, arraigo y legitimidad en la vida cotidiana de las comunidades.

El objetivo primordial de esta revisión consiste en analizar las políticas de salud
intercultural incorporadas en la agenda pública, evaluando su diseño, su implementación y su
efectividad, con el propósito de identificar estrategias que hayan dado resultados alentadores,
barreras que se repitan en distintos escenarios y recomendaciones aplicables a contextos culturales
diversos. En consecuencia, se busca examinar la integración de prácticas médicas tradicionales
en sistemas públicos de salud de diferentes países, reconocer los factores que facilitan o dificultan
la introducción de políticas interculturales, valorar los impactos reportados tanto en los resultados
de salud como en la confianza y aceptación comunitaria, y proponer orientaciones que permitan
fortalecer la sostenibilidad y la efectividad de estas políticas. En el fondo, se trata de comprender
qué caminos han funcionado, cuáles siguen presentando fracturas y cómo podrían construirse
respuestas sanitarias más humanas, más cercanas y realmente respetuosas de la diversidad
cultural.

RESULTADOS Y DISCUSIÓN

Diseño y Enfoques de Políticas de Salud Intercultural

La elaboración de políticas de salud intercultural presenta una elevada heterogeneidad
entre países, reflejo de diferencias históricas, normativas, sociopolíticas y culturales. Esta
variabilidad se manifiesta tanto en el grado de reconocimiento institucional de la medicina
tradicional como en los mecanismos de articulación con los sistemas biomédicos convencionales.
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En Bolivia, la promulgación de la Ley N.° 459 de Medicina Tradicional Ancestral Boliviana
representa un avance sustantivo en la formalización del pluralismo médico, al establecer un marco
legal que reconoce, regula e integra la medicina tradicional indígena dentro del sistema nacional
de salud (Lexivox, 2013). Este proceso se ve reforzado por la creación del Viceministerio de
Medicina Tradicional e Interculturalidad, encargado de promover la investigación, enseñanza y
preservación de los saberes ancestrales (Ministerio de Salud y Deportes de Bolivia, 2013).

En contraste, México ha desarrollado un enfoque programático orientado a la
complementariedad funcional entre sistemas médicos. “La Estrategia Nacional para la Atención
de la Salud de los Pueblos Indígenas” establece lineamientos operativos para la incorporación de
prácticas tradicionales en la atención materno-infantil y la mediación intercultural mediante
agentes comunitarios de salud (Salud, 2009 (Nigenda et al., 2010) (Argüello & González, 2014).
Este modelo prioriza la equidad y la pertinencia cultural, aunque su implementación presenta
variaciones territoriales asociadas a capacidades institucionales locales. Asimismo, se han
elaborado guías y protocolos que promueven el uso combinado de prácticas tradicionales y
tratamientos biomédicos (Secretaría de Salud, 2015).

En Ecuador, la Constitución de la República reconoce explícitamente la medicina
ancestral y alternativa, promoviendo la colaboración a través de la salud tradicional y la occidental
como parte del derecho a una atención sanitaria culturalmente adecuada (Cruz et al., 2022). ste
enfoque se vincula de manera profunda con el paradigma del Sumak Kawsay o buen vivir, una
visión que entiende la salud no como la simple ausencia de enfermedad, sino como parte de un
equilibrio más amplio que involucra a la comunidad, al territorio y a la relación respetuosa con la
naturaleza. De verdad es que, dentro de esta perspectiva, cuidar la salud también implica cuidar
los vínculos, la memoria cultural y las formas de convivencia que sostienen la vida cotidiana. Sin
embargo, cuando este marco intenta trasladarse al terreno práctico, aparecen brechas muy
marcadas entre unos territorios y otros, sobre todo en aquellas zonas donde la infraestructura
sanitaria sigue siendo escasa y donde acceder a servicios de salud continúa siendo una dificultad
concreta, agotadora y muchas veces injusta.

Marcos Legales, Gobernanza y Regulación Intercultural

Los marcos legales y normativos constituyen una base decisiva para que la salud
intercultural no quede solo en el plano del discurso, sino que logre convertirse en una realidad
con respaldo institucional. La evidencia muestra que la existencia de leyes específicas, políticas
nacionales y estructuras administrativas especializadas favorece la continuidad de estas políticas
y aporta legitimidad a los saberes tradicionales, algo especialmente valioso en contextos donde
durante años esos conocimientos fueron minimizados o dejados al margen (WHO O., 2015).
Además, contar con normas claras puede abrir puertas y ordenar procesos, pero y es que eso, por
sí solo, no asegura una implementación efectiva. Para que estas políticas funcionen de verdad,
hace falta articular ese marco jurídico con capacidades técnicas sólidas, financiamiento suficiente
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y mecanismos de gobernanza participativa que permitan escuchar a las comunidades y no solo
hablar en su nombre.

En distintos contextos, la regulación de la medicina tradicional ha permitido establecer
estándares mínimos de seguridad y calidad, al tiempo que ha impulsado formas de colaboración
entre practicantes tradicionales y profesionales de la salud convencional. Ese avance resulta
significativo, porque ayuda a construir puentes entre saberes que durante mucho tiempo
caminaron por separado, a veces con desconfianza mutua y otras con tensiones difíciles de
resolver. Aun así, persisten desafíos importantes relacionados con la validación científica de
ciertos tratamientos tradicionales y con la definición de criterios claros para su articulación con
la biomedicina. Y es que allí no solo están en juego procedimientos técnicos, sino formas distintas
de entender el cuerpo, la enfermedad, la cura y hasta el sentido mismo del cuidado, lo que puede
generar fricciones tanto en el plano epistemológico como en la práctica cotidiana de los servicios.

Desafíos en la Instauración de Políticas de medicina Intercultural

La implementación de políticas de salud intercultural enfrenta obstáculos estructurales
que aparecen una y otra vez en distintos escenarios, casi como si el sistema repitiera las mismas
barreras, aunque cambien los contextos. Entre los retos más notorios se encuentran la insuficiencia
de recursos financieros y humanos, la limitada formación intercultural del personal sanitario y la
persistencia de modelos biomédicos hegemónicos que siguen relegando los saberes tradicionales
a un lugar secundario o poco reconocido (Langdon & Wiik, 2010). Estas limitaciones se vuelven
todavía más duras en zonas rurales y en territorios indígenas, donde la infraestructura sanitaria
suele ser frágil y el acceso a servicios culturalmente pertinentes continúa siendo restringido. En
esos espacios, la distancia no solo es geográfica, también es simbólica, porque muchas veces las
instituciones siguen sintiéndose lejanas a la vida real de las comunidades.

Asimismo, la resistencia institucional suele expresarse a través de prejuicios
epistemológicos que ponen en duda la legitimidad y la eficacia de las prácticas tradicionales,
mientras que la resistencia comunitaria, por su parte, suele estar marcada por memorias de
discriminación, exclusión y maltrato vividas dentro del sistema formal de salud (Kirmayer, 2012)
(Berry, 2011) (Pöllmann, 2017). Esa doble tensión complica la construcción de vínculos de
confianza y vuelve más difícil avanzar hacia enfoques realmente colaborativos. Además, la
rigidez administrativa y la burocracia propia de muchos sistemas públicos de salud reducen la
flexibilidad necesaria para adaptar las políticas interculturales a las particularidades de cada
contexto local (King, 2009). En otras palabras, cuando las normas son demasiado cerradas y los
procedimientos no dejan espacio para escuchar, comprender y ajustar, las políticas terminan
perdiendo fuerza allí donde más deberían responder con sensibilidad y cercanía.

Estrategias para la Superación de Barreras y Fortalecimiento Institucional

La literatura revisada destaca diversas estrategias orientadas a superar los desafíos
identificados. El aprendizaje continuo de los profesionales de medicina en competencias
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interculturales emerge como un factor crítico para mejorar el respeto, comunicación y la
comprensión de las cosmovisiones de las comunidades atendidas (Kirmayer, 2012) (Zapata,
2018). Asimismo, la creación de espacios de diálogo entre practicantes de medicina tradicional y
profesionales biomédicos contribuye a reducir tensiones epistemológicas y fortalecer la
cooperación interprofesional (Gone, 2013).

Efectividad de las Políticas de Salud Intercultural y Resultados en Salud

La evidencia empírica disponible indica que las políticas de salud intercultural pueden
generar impactos positivos en los resultados de salud cuando se implementan de manera
contextualizada y participativa. En México, la incorporación de parteras tradicionales en la
atención materno-infantil ha colaborado al descenso de mortalidad materno infantil, así como a
más empleo de los servicios médicos por parte de comunidades indígenas (Nigenda et al., 2010).
Estas parteras, al poseer un profundo conocimiento de las prácticas y creencias locales,
desempeñan un rol clave como mediadoras culturales y agentes de desarrollo médico.

En Brasil, el Programa de Salud Indígena, gestionado por la Secretaría Especial de Saúde
Indígena (SESAI), ha mostrado avances importantes en la atención de las comunidades indígenas,
no solo porque amplió la cobertura de los servicios médicos, sino porque también logró
incrementar las tasas de vacunación y disminuir la presencia de enfermedades infecciosas que
durante mucho tiempo afectaron con fuerza a estos pueblos (Langdon & Wiik, 2010). De verdad
es que uno de los aspectos más valiosos de este modelo radica en la participación comunitaria
dentro de la planificación y elaboración de proyectos, ya que no se trata simplemente de llevar
servicios hacia un territorio, sino de construir respuestas junto con las personas que viven allí,
conocen su realidad y sostienen sus propias formas de cuidado. Además, esa participación
fortalece la pertinencia cultural de las acciones y hace que las intervenciones sean mejor recibidas,
más comprensibles y mucho más cercanas a las necesidades concretas de la comunidad.

Experiencias parecidas pueden observarse en Nueva Zelanda y Canadá, donde la
incorporación de enfoques interculturales ha permitido reducir desigualdades en salud y, al mismo
tiempo, reforzar la identidad cultural de las comunidades indígenas, algo que no es menor cuando
se habla de bienestar profundo y no solo de cifras sanitarias. En el caso maorí, la inclusión de
valores, saberes y prácticas tradicionales ha contribuido a mejorar indicadores como la esperanza
de vida y la atención de enfermedades crónicas, mostrando que reconocer la cultura propia
también puede convertirse en una forma poderosa de cuidar la salud (Durie, 2004). Y es que
cuando los servicios dejan de ser ajenos y empiezan a dialogar con la historia, la lengua y la visión
del mundo de una comunidad, los resultados suelen ser más humanos y más duraderos. En
Canadá, por su parte, la colaboración entre curanderos tradicionales y profesionales biomédicos
ha favorecido una atención más integral y personalizada, con mejoras reportadas en salud mental
y en el manejo de enfermedades crónicas, lo que refleja que el encuentro respetuoso entre distintos
saberes puede abrir caminos más sensibles y eficaces para el cuidado (Smith, 2013).
Vol. 13/ Núm. 3 2026 pág. 3389
Integración de Prácticas Médicas Tradicionales: Modelos y Limitaciones

La incorporación de saberes y prácticas de salud tradicional en los sistemas públicos de
atención médica se ha ido desarrollando a través de distintos modelos, cada uno marcado por su
contexto, sus necesidades y la manera en que cada sociedad entiende el cuidado. En Perú, por
ejemplo, el Proyecto de Salud Intercultural del Ministerio de Salud ha integrado conocimientos
de la medicina tradicional andina en la atención materna y en la nutrición infantil, y los resultados
reportados muestran mejoras tanto en la aceptación de los servicios como en varios indicadores
de salud (MINSA, 2015). De verdad es que este tipo de experiencias deja ver algo muy
importante: cuando la atención sanitaria reconoce prácticas cercanas a la vida cotidiana de las
comunidades, el servicio deja de sentirse extraño o impuesto y empieza a percibirse como un
espacio más confiable, más próximo y más respetuoso con la realidad cultural de las personas.

De manera semejante, en Kenia, la Ley de Medicina Tradicional y Alternativa regula el
ejercicio de la medicina tradicional y promueve su articulación con el sistema de salud
convencional, lo que ha facilitado la atención en zonas rurales y remotas, allí donde muchas veces
los servicios formales llegan con dificultad o simplemente no alcanzan a cubrir todas las
necesidades (Kenya., 2007) (Peltzer, 2008). Además, esta colaboración ha contribuido a mejorar
la atención de dolores crónicos, el manejo del dolor y la respuesta frente a enfermedades
infecciosas y problemas de salud mental. Y es que, en territorios donde las distancias son largas
y los recursos limitados, la articulación entre distintos saberes puede convertirse en una salida
concreta, humana y bastante efectiva para responder a padecimientos que no esperan.

No obstante, estos procesos también enfrentan desafíos importantes que no pueden
pasarse por alto, sobre todo en lo relacionado con la necesidad de demostrar la seguridad y la
eficacia de los tratamientos tradicionales mediante investigaciones científicas rigurosas. Esa
exigencia, aunque necesaria, abre un campo de tensión delicado, porque obliga a traducir
conocimientos ancestrales a lenguajes de validación que no siempre logran capturar toda su
complejidad. Además, persiste la necesidad de formar de manera adecuada al personal sanitario
para que pueda desempeñarse con sensibilidad y solvencia en contextos interculturales, algo que
sigue siendo una deuda en muchos sistemas de salud. La ausencia de protocolos claros para la
validación y la articulación entre prácticas tradicionales y biomedicina puede reducir el alcance
de estas iniciativas y frenar avances que, en muchos casos, ya habían comenzado a construir
puentes valiosos entre distintas formas de entender la salud y el bienestar.

Participación Comunitaria y Evaluación de Políticas

La participación activa de los pueblos en la evaluación de las políticas de salud
intercultural es reconocida, cada vez con más claridad, como un elemento decisivo para que estas
acciones realmente funcionen y puedan sostenerse en el tiempo. De verdad es que una política
difícilmente puede ser efectiva si se diseña, se aplica y se evalúa sin escuchar a quienes viven sus
efectos en la vida cotidiana. Por eso, las metodologías participativas, como la investigación
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etnográfica, las entrevistas en profundidad y los talleres comunitarios, resultan tan valiosas,
porque permiten recoger percepciones, experiencias y necesidades locales que muchas veces
quedan fuera de las evaluaciones centradas únicamente en cifras o indicadores cuantitativos
(Cornwall & Jewkes, 1995; Escobar, 2011; Muñoz, 2024). Además, estos enfoques hacen posible
una lectura más cercana, más sensible y más honesta de lo que ocurre en los territorios.

La investigación etnográfica permite acercarse de manera mucho más viva y situada a las
prácticas, creencias y formas de vida de las comunidades, algo esencial cuando la salud se
entiende no solo como un tema clínico, sino también como una experiencia profundamente
cultural y social (Hammersley, 2007), De verdad es que observar, escuchar y compartir con una
comunidad abre una puerta distinta, porque deja ver matices, gestos, silencios y sentidos que
difícilmente aparecen en formularios o informes estandarizados. Y es que no es lo mismo leer una
respuesta breve en un registro que comprender, desde cerca, cómo una familia interpreta la
enfermedad, el cuidado o la sanación en su vida cotidiana. Esa cercanía vuelve la comprensión
más humana, más precisa y mucho más conectada con la realidad.

Por su parte, las entrevistas en profundidad ofrecen una flexibilidad especialmente valiosa
para abordar asuntos complejos, sensibles o incluso dolorosos, ya que crean un espacio donde las
personas pueden relatar sus experiencias con mayor libertad y detenerse en aquello que realmente
les preocupa o les ha marcado (Rubin, 2012). Además, en ese tipo de conversación suelen
aparecer aspectos que no siempre encuentran lugar en otros contextos, como temores, recuerdos,
tensiones o expectativas frente a los servicios de salud. En muchos casos, allí no solo emergen
opiniones, sino también pequeñas huellas de vida que ayudan a entender mejor la relación entre
las comunidades y los sistemas sanitarios, casi como si cada relato fuera armando una parte del
panorama que antes permanecía dispersa.

Los talleres comunitarios, a su vez, promueven la deliberación colectiva y la
identificación participativa de problemas y soluciones, convirtiéndose en espacios donde el
análisis deja de ser individual para construirse de manera compartida, dialogada y mucho más
enriquecedora (Pérez, 2020; de García, 2023). En estos encuentros, las personas no solo expresan
lo que viven, sino que también contrastan miradas, reconocen preocupaciones comunes y
comienzan a imaginar respuestas posibles desde su propia experiencia. Además, ese proceso tiene
una fuerza especial, porque lo que se construye no proviene de una sola voz, sino del intercambio
entre muchas, como cuando una comunidad empieza a tejer, poco a poco, una comprensión
conjunta de sus necesidades y de los caminos que considera más justos para enfrentarlas.

Además, la inclusión de los pueblos indígenas en todas las etapas del proceso evaluativo
fortalece la legitimidad de las políticas y mejora la calidad de la información recolectada, porque
lo que se obtiene no es solo un dato más preciso, sino una comprensión más profunda y más fiel
a las experiencias del territorio (Robles et al., 2023; Chambers, 1994). Al final, cuando las
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comunidades participan de verdad, la evaluación deja de ser un ejercicio distante y se convierte
en una herramienta con mayor sentido, mayor arraigo y una utilidad mucho más humana.

CONCLUSIONES

El análisis comparado de las políticas de salud intercultural evidencia que no existe un
modelo único de implementación, sino una diversidad de enfoques condicionados por contextos
históricos, normativos, sociopolíticos y culturales. Países como Bolivia, México, Ecuador, Brasil
y Nueva Zelanda han desarrollado marcos diferenciados para la mezcla de salud tradicional en
los sistemas públicos médicos, los cuales varían en su grado de institucionalización,
reconocimiento legal y articulación operativa. Esta heterogeneidad confirma que la efectividad
de las políticas interculturales precisa de más medidas de su adecuación a las realidades locales y
a las capacidades institucionales de cada contexto.

La implementación de políticas de salud intercultural sigue enfrentando desafíos
estructurales que se repiten con una persistencia que, en muchos casos, resulta preocupante. Entre
los obstáculos más visibles se encuentran la escasez de recursos económicos y humanos, la rigidez
administrativa de los sistemas de salud y la todavía limitada formación intercultural del personal
sanitario, lo que dificulta que la atención responda de manera sensible y adecuada a contextos
culturalmente diversos. Además, también aparecen resistencias tanto institucionales como
comunitarias, muchas veces vinculadas a tensiones de fondo entre la biomedicina y los saberes
tradicionales, así como a experiencias históricas de exclusión, maltrato o desconfianza hacia los
servicios formales de salud. Y es que cuando una comunidad ha sentido durante años que su
palabra no cuenta o que su forma de entender la salud es mirada con recelo, no basta con abrir un
servicio para recuperar la confianza. Todos estos factores terminan limitando la integración real
de los enfoques interculturales y condicionan su permanencia en el tiempo.

Aun con esas dificultades, la evidencia revisada muestra que las políticas de salud
intercultural pueden generar efectos positivos y sostenidos cuando se desarrollan desde principios
claros, como la participación comunitaria, el reconocimiento de los saberes tradicionales y la
colaboración respetuosa entre distintos sistemas médicos. Las experiencias documentadas en
México, Brasil, Perú, Canadá y Nueva Zelanda dan cuenta de mejoras en indicadores de salud
materno-infantil, de una reducción en las brechas de acceso a los servicios y de un fortalecimiento
progresivo de la confianza comunitaria hacia los sistemas de salud. De verdad es que estos
resultados no solo hablan de una mayor eficiencia institucional, sino también de algo más
profundo: la posibilidad de construir una atención que no se sienta ajena, distante o impuesta. En
ese sentido, los enfoques interculturales se revelan como herramientas valiosas para avanzar hacia
sistemas sanitarios más equitativos, más pertinentes y verdaderamente competentes desde el
punto de vista cultural.
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La incorporación de la salud ancestral en los sistemas médicos públicos se consolida, por
tanto, como un componente estratégico para reducir desigualdades sanitarias, especialmente en
poblaciones indígenas y rurales que históricamente han enfrentado barreras de acceso, atención
insuficiente y respuestas poco conectadas con su realidad. Sin embargo, esta integración no puede
sostenerse solo en el reconocimiento simbólico o en la buena voluntad institucional, porque
también necesita procesos sistemáticos de validación, regulación y articulación con la
biomedicina que permitan garantizar la seguridad, la eficacia y la calidad de las intervenciones.
Además, cuando estos mecanismos no existen o resultan débiles, el alcance de las políticas
interculturales puede verse limitado y su legitimidad puede quedar expuesta a cuestionamientos.
Es algo parecido a construir un puente valioso, pero sin reforzar bien sus bases: la intención está,
el avance se ve, pero el sostén todavía no es suficiente.

Finalmente, la participación activa de las comunidades emerge como un factor transversal
y decisivo en todas las etapas del ciclo de la política pública. Su incorporación mediante
metodologías participativas en el diseño, la implementación y la valoración de las políticas no
solo fortalece la pertinencia cultural de las intervenciones, sino que también incrementa su
aceptación social, su legitimidad institucional y su sostenibilidad a largo plazo. Y es que cuando
una comunidad no solo recibe una política, sino que también la discute, la transforma y la hace
suya, esa política adquiere un sentido mucho más fuerte y duradero. En tal sentido, la medicina
intercultural se posiciona como un eje esencial para la construcción de sistemas de salud más
inclusivos, más resilientes y más coherentes con los principios de justicia social, no solo porque
amplía derechos, sino porque dignifica formas diversas de entender, cuidar y sostener la vida.

Recomendaciones

Partiendo de los descubrimientos de este estudio, se plantea las siguientes
recomendaciones orientadas a fortalecer la implementación y efectividad de las políticas de salud
intercultural:

Fortalecer la formación en competencias interculturales: Desarrollar e institucionalizar
programas de capacitación continua para profesionales de la salud, que incorporen contenidos
sobre diversidad cultural, comunicación intercultural, cosmovisiones de salud y conocimiento
básico de prácticas médicas tradicionales, con el fin de optimar la eficacia de la atención y
disminuir tensiones entre sistemas médicos.

Promover la colaboración de la población en todas las etapas de la política pública:
Garantizar la inclusión activa de comunidades indígenas y actores locales en el diseño,
implantación, monitoreo y valoración de las políticas de salud intercultural, mediante el uso
sistemático de metodologías participativas como talleres comunitarios, consultas con líderes
locales e investigaciones cualitativas.

Asegurar la sostenibilidad financiera e institucional: Asignar recursos financieros
adecuados y estables que permitan la continuidad de las políticas interculturales, incluyendo
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inversión en infraestructura sanitaria, contratación de personal capacitado y fortalecimiento de
unidades administrativas especializadas en salud intercultural.

Impulsar la investigación y validación de prácticas médicas tradicionales: Fomentar
estudios interdisciplinarios que evalúen la seguridad, eficacia y posibles mecanismos de
integración de las prácticas tradicionales con la medicina convencional, promoviendo un enfoque
basado en evidencia que respalde su incorporación en los sistemas de salud pública.

Establecer marcos normativos y mecanismos de gobernanza claros: Desarrollar y
actualizar marcos legales que regulen la práctica de la medicina tradicional y definan criterios de
articulación con el sistema biomédico, garantizando estándares de calidad, seguridad y respeto
cultural.

Crear y fortalecer espacios de diálogo intercultural: Facilitar plataformas de intercambio
y colaboración entre practicantes de medicina tradicional, profesionales de la salud convencional
y autoridades sanitarias, con el objetivo de fomentar el respeto mutuo, la cooperación
interprofesional y el aprendizaje compartido.
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